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Ayer tuve la ocasión de hacer algo que hace unos años habría pensado imposible: volver a ver Las dos torres en el cine, volver a la Tierra Media 25 años después.

Se cumpleEl señor de los anillos 25 aniversario Blog Rayco Cruz ya un cuarto de siglo del estreno de la trilogía de El señor de los anillos dirigida por Peter Jackson y, con motivo del aniversario, algunas salas están reponiendo las películas. Por unas cosas o por otras me fue imposible acudir al reestreno de La comunidad del anillo, pero esta segunda parte no se me ha escapado y tampoco pienso perderme El retorno del rey el próximo fin de semana. Mientras veía la película ayer, me di cuenta de hasta qué punto Tolkien sigue presente en todo lo que escribo, incluso en aquellos lugares donde yo mismo no era consciente de que seguía estando.

Sin El señor de los anillos quizá yo no sería escritor. Mi hermano y yo fuimos auténticos devoradores de aquellas novelas y, cuando descubrimos los juegos de rol, terminamos entrando de cabeza en el universo de la Tierra Media a través del juego ambientado en las obras de Tolkien. Muchas de mis primeras tentativas literarias nacieron precisamente ahí, tratando de convertir nuestras aventuras roleras en relatos más o menos legibles. No terminé ninguno. Seguramente porque entonces no tenía ni disciplina, ni paciencia, ni demasiada idea de cómo se construía una historia, pero la chispa quedó encendida desde aquel momento.

¿Qué sería de Árgoht Grandël?

Sin Tolkien no existiría Árgoht Grandël, ni La sombra de Pranthas, ni en realidad todo lo que terminó convirtiéndose después en La senda del destino. Y, sin embargo, resulta curioso que una de las razones por las que empecé a desarrollar mi propio mundo fuese precisamente el deseo de alejarme de la fantasía que dominaba aquellos años. El éxito de las películas provocó una auténtica explosión del género y parecía que todo estaba lleno de elfos, enanos y orcos clónicos. Yo quería buscar otra cosa, una fantasía más áspera, más espiritual, menos centrada en las razas clásicas y más en la relación entre el ser humano y el mundo que lo rodea. Por eso me impactó tanto descubrir a Geralt de Rivia y la obra de Andrzej Sapkowski, que terminó convirtiéndose en una influencia más directa a la hora de construir el tono de mis novelas. Hablé de esto hace poco, por si te apetece regresar a eso para conocer mis influencias directas. Lo hice en el artículo titulado Influencias.

Aun así, viendo Las dos torres ayer, no dejaba de encontrar pequeñas huellas de Tolkien dentro de mi propia obra. No hablo solo de estructuras narrativas o de ciertos elementos inevitables del género fantástico, sino de algo más profundo: esa fascinación por la naturaleza como una fuerza viva, inmensa y, en ocasiones, aterradora frente a la pequeñez de los seres humanos. Supongo que, de alguna forma, la semilla de La Madre y de la conexión de Árgoht con ella nace también ahí, aunque yo tardara años en darme cuenta.

Árgot se da la mano con Aragorn IA - Blog Rayco Cruz www.raycocruz.dbook.es

Cómo se sedimentan las influencias…

Y es curioso cómo funcionan estas cosas. Uno cree que escribe únicamente desde las ideas conscientes, desde las referencias que recuerda de forma clara, pero con el tiempo descubres que muchas de las historias que amas terminan sedimentándose dentro de ti y reaparecen años después transformadas en algo distinto.

Mientras salía del cine pensé también en otra cosa. Pensé en lo extraordinario que debe de ser para un escritor comprobar que una obra sigue viva décadas después de haber sido creada, que continúa emocionando a nuevas generaciones y despertando en otros la necesidad de contar historias. Quizá eso sea lo más hermoso que puede dejar un libro tras de sí. No tanto las ventas, ni las cifras, ni siquiera el éxito puntual, sino esa pequeña chispa que pasa de unos lectores a otros con el paso de los años.

Quién sabe. Tal vez algún día alguno de mis libros consiga provocar en alguien una fascinación parecida, aunque sea mucho más modesta. Tal vez algún chaval descubra La sombra de Pranthas o cualquiera de las novelas de La senda del destino y sienta ganas de imaginar sus propias aventuras igual que me ocurrió a mí hace tantos años con Tolkien.

Y, para un escritor, cuesta imaginar algo más bonito que eso.