Ya todo el mundo lo sabe: abril es el mes del libro por excelencia. Toda la industria del libro quiere estar presente en estas fechas. Las editoriales publican sus novedades más importantes de primavera, los autores empiezan a moverse en sus campañas de promoción y los organismos públicos organizan sus ferias, a veces sin ton ni son.
Son días fabulosos para escritores, editores y libreros porque se habla de nosotros, salimos en prensa, en redes, y el sector para cobrar nueva vida, aunque sea solo por un par de semanas.
En mi caso particular, este año me ha tocado por partida triple. En la pasada Feria del Libro de Telde, tuve el placer de participar como librero con mi librería online Libros del Atlántico. No hacía algo así desde 2015 o 2016, la última vez que fui con mi proyecto Sueños de Papel. Desde entonces siempre he participado como editor con Editorial Fundación o como autor, pero nunca como librero. Y eso es otra cosa. La opción de poder llevar autores de otras editoriales, fondos diferentes y más variados, trabajar con las distribuidoras… Eso es otro mundo. Es agotador, pero también muy enriquecedor.
Durante los cuatro días que duró la feria de Telde pasaron por mi carpa Santiago Gil, Alejandro González, Juan José Benítez, Juan Sosa Ceballos, Mélani Garzón-Sousa, Josefa Molina, Elena Villares, Javier Chavanel, José Ramón Navas, Mayte Martín, Yolanda Guerra, Puri Santana, Benita López, Vicente Rodríguez y hasta el maestro Jorge Liria. De todos ellos he aprendido algo en estos días.
También, por supuesto, pude saludar a un montón de amigos del mundillo a quienes solo nos veo en estas momentos especiales.
Las ferias son ocasiones geniales para llevarte un ejemplar dedicado de tu libro favorito, o para descubrir autores y autoras que desconocías, hablar con ellos, saber sus nuevos proyectos, ponerle rostro, pies y manos a quienes están creando cultura en Canarias en estos momentos.
Esos autores, que muchas veces son ignorados durante el resto del año por las librerías, y sus libros apenas encuentran hueco en las estanterías y los escaparates, ahora ganan protagonismo y llenan el programa de actos con su presencia.
Y eso es bonito. Durante unos días, somos los protagonistas.
En mi caso particular, con todos mis libros a la venta, me satisface especialmente ver que aún vendo ejemplares de La sombra de Pranthas, una obra que sigue encontrando lectores quince años después de su publicación original; o de La tierra negra, la mejor puerta de entrada a mi universo fantástico; o Algo peor que la muerte, una novela de terror de la que estoy especialmente orgulloso, desarrollada en el pueblo de Arucas en los años veinte y que está recibiendo muy buenas críticas por parte de los lectores.
Y todas esas ventas se produjeron porque el libro estaba a la vista, al alcance de las miradas curiosas, no porque yo estuviera en una mesa de firmas. Esas personas compraron mis libros sin saber que el librero que se los estaba cobrando era el autor.
La satisfacción que eso produce solo se puede entender cuando lo vives.
Esa es la magia de escribir, pero también es la magia del librero, de vender libros y lograr que determinados títulos por lo uno apuesta, llegan a los lectores. Esa es la idea que defiendo en Libros del Atlántico: los libros tienen que estar siempre disponibles, no morir en cuestión de semanas porque falta espacio para las novedades más recientes. Lo que ocurre en una feria —libros visibles, al alcance, esperando a su lector— es exactamente lo que intento replicar en Libros del Atlántico.
Las ferias son duras para nosotros: de Telde me traje un catarro que todavía me dura en mayo, pero muy satisfactorias. Por mi parte, trataré de repetir siempre que pueda.
Ahora viene la feria de Santa Lucía, en Vecindario y, aunque no voy a tener carpa por cuestiones logísticas, estaré por allí visitándola y departiendo con mis compañeros. Espero verte allí, porque seguro que encuentras algún libro que estas esperando por ti, justo ese que querrás tener en tu biblioteca.
Un abrazo.
Rayco







