Si hay un personaje que me define como escritor, ese es Árgoht Grandël, mi hechicero natural de Meledel. Con su primera aparición, sus primeras palabras, ya sabemos con claridad qué podemos esperar de él:
Me llamo Árgoht Grandël y vengo de Meledel. No me llaméis brujo. Lo que yo hago no tiene nombre ni merece etiqueta. No acepto vasallaje ni me postro ante hombre o mujer alguna. Hago mi trabajo de forma rápida y limpia. Cuando haya cumplido mi cometido, recogeré mi pago y no me volveréis a ver. Jamás. Una vez haya terminado, no quiero agradecimientos. Con el pago estaremos en paz y no quedará entre nosotros deuda alguna. Este soy yo y éstas son mis condiciones.
En La sombra de Pranthas vemos su primera aventura, pero también la mía como escritor. Fue mi primera novela y vio la luz en 2009 de manos de la ya extinta editorial Mundos Épicos. Hoy en día, está felizmente reeditada por Mercurio Editorial y espero que siga ahí muchos años más.
El caso es que, cuando surgió en mi mente este personaje, estaba inmerso en la lectura de La espada del destino, la primera novela de la saga de Geralt de Rivia, escrita por Andrzej Sapkowski. Ese libro me explotó la cabeza, pues introducía a ese brujo fabuloso que reinventaba algunos de los cuentos tradicionales más famosos. Así pues, al igual que Stephen King, al leer El señor de los anillos se dijo «Yo quiero hacer algo así», y parió la saga La torre oscura, yo tuve una revelación similar.
Mis influencias
En el mencionado La sombra de Pranthas la influencia es muy obvia, y muchos lectores me lo han hecho saber, a pesar de mis intentos, quizás pueriles, de diferenciarlos (Árgoht odia que lo llamen «brujo», por ejemplo, al igual que Marty McFly odia que lo llamen «gallina»). A partir sobre todo del tercer libro, La tierra negra, las similitudes se difuminan y Árgoht toma un camino que en nada tiene que ver con el de Geralt, más oscuro quizás. Es algo que me enorgullece secretamente: he sabido crear algo nuevo inspirándome en algo ya existente, y tiene carácter propio, historia y desarrollo bien identificado.
Y yo pregunto: ¿no le pasa esto a cualquier creador de historias? No hay creación sin herencia. Lo único que cambia es lo que hacemos con ella. Ninguno de nosotros es una tabula rasa y, para bien o para mal, está todo inventado y todo está escrito. Es difícil dar con una idea original, algo que no se haya hecho antes. Se puede cambiar el escenario, el orden de los acontecimientos o el final, entre otras cosas, pero las ideas de base (amor/odio, predestinación, venganza, etc.) son siempre las mismas, porque es lo que nos mueve a los seres humanos que creamos estas historias. Incluso la IA, cuando se dedique en serio a crear libros, lo hará inspirándose en esas premisas, pues son esos libros de los que ha aprendido.
No debemos huir ni ocultar nuestras influencias ni nuestros orígenes, pues son los que nos han llevado hasta este punto en el que estamos como escritores. Tenemos que enorgullecernos de nuestro bagaje, de nuestra historia, de las batallas imaginarias que nos han forjado.
Mis influencias me trajeron hasta aquí. Ahora la pregunta es: ¿te quedas para ver en qué se convierten?
Otro día les contaré mis influencias en mi otro género favorito: el terror. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
Si quieres ver cómo me ha ido desde que dejé las redes y me centré en el blog, te lo cuento en la entrada de la semana pasada.
Un abrazo.
Rayco